( Epitafio que Lord Byron dedicó para la tumba de su perro)
MOTITA
(28.02.94 – 11.09.07)
Hace un año partió mi bebé peludo, así llamaba a MOTITA, mi perrito. Siempre creí que era un angelito pues con su llegada nos integró más como familia, si bien era la mascota de mi hijo, mi esposo y yo lo consideramos el hijo menor, rápidamente se ganó nuestro afecto, pues era tierno, juguetón, muy cariñoso, realmente un gran compañero. Recuerdo con nostalgia los momentos compartidos durante los 13 años y medio que estuvo con nosotros; algunos felices, otros de angustia, de pena. Como olvidar que siendo un cachorrito nos despertó con sus ladridos pues unos ladrones habían logrado abrir la mampara y las ventanas de nuestra casa con intenciones de robar; que cuando regresaba del trabajo, me esperaba en la esquina junto a mi esposo saltando de alegría al verme bajar del micro; que acompañaba a Alfredito en sus largas noches de estudio preparando sus exámenes y de su tesis. Que buen compañero era mi Monchito. Hoy ya no está, pues una insuficiencia renal lo apartó de nosotros, dejando un gran vacío en nuestro hogar y nuestros corazones quebrantados, pero en medio de tanto dolor sólo me reconforta el saber que su sufrimiento fue corto, que ante su repentina enfermedad, hicimos todo por aliviar su mal pero por su avanzada edad era muy difícil. Alfredo, mi hijo no estaba enterado de la enfermedad que aquejaba a Motita pues se encontraba en Arequipa debiendo retornar en dos semanas y sufría al imaginar que cuando regresara no encontraría a su mascota, pero DIOS obra milagros, mi hijo llegó de improviso, y Motita se mejoró un día para empeorar al siguiente y por ello tomamos la más triste decisión: Dormirlo, pues alguien tan noble, no merecía sufrir, sino un dulce sueño.

El nunca se quejó, hasta el final siempre nos acompañó. Sus restos fueron cremados y reposan en un lugar especial de nuestra casa. Nunca me cansaré de agradecer a Dios por todo el amor que nos prodigó Motita, por los momentos de felicidad que disfrutamos en su compañía, y que ahora en su nueva morada, se deleitan con él todos los ángeles, santos y almas buenas que habitan el Cielo, porque yo creo que también existe el cielo para los perros. Nunca imaginé querer tanto a mi chiquito, y a pesar del tiempo transcurrido no hay día que no lo recuerde y no puedo evitar llorar cuando veo su foto, su osito o su ropa que son testigos mudos que algún día vivió entre nosotros.
Gracias Motita, mi buen amigo, por traer alegría a nuestras vidas, por tus muestras de cariño y por enseñarnos cuan grande puede ser la nobleza de un animalito. Adiós mi fiel hijito, nunca te olvidaré. Dios quiera que volvamos a encontrarnos. Descansa en Paz!!!
Con amor de tu mamá.
Martha Vicente
